
Encontré un pájaro a mis pies mientras caminaba. No sé que le pasó, al verlo en el piso no pude evitar recogerlo. Lo llevé a mi casa y con desespero busqué, busqué…¿una caja?, ¿un cajón?, ¿una canasta?, ¿que?!!, ¿pañuelos?, ¿una cobija?, ¿con que?!!, algo, alguna cosa que se asemejara a un nido, supongo. Finalmente acomodé al pájaro en una cobija y lo miré por un momento. Sólo vi dolor callado y resignado, no lo soporté. Mi angustia fue tanta que quise curarlo con solo amarlo pero no pasó nada, siguió inmóvil. Con mucho cuidado y extrema delicadeza lo toqué suavemente. Revisé su ala. Nada tenía el ala. Revisé la otra. Nada. Casi muero de angustia cuando al voltearlo su cabecita no se sostenía. Me desesperé más, mucho más, pero pensé >no puedo desesperarme, tengo que salvarlo. Voy a hacer lo que sea para salvarlo, por lo menos, voy a intentarlo todo<
Fui a la cocina, hice migas un pan, puse agua fresca en un vaso y tomé un pedazo de algodón. Rápidamente volví junto a mi pájaro. Mi corazón, ilusamente, deseaba un milagro esperando verlo mejor y hasta volando. Fue una fugaz fantasía, mi pájaro estaba igual, inmóvil, como adormecido de dolor. Me acerqué, cerca, muy cerca como queriendo darle mi aliento para que se animara. Abrí su pico y con el algodón mojado le di agua a gotas. Rogaba que la tragara. Mi corazón saltó a mil revoluciones cuando vi que bebía, me dije emocionada > Talvez sí pueda salvarlo.< Me quedé junto a él, lo cobijé con mis manos y lo calenté toda la noche. Casi no dormí, extrañamente no sentí cansancio, vi el amanecer y me sentí feliz.
Esperé otro milagro. Le supliqué a Dios que mi pájaro reaccionara, por lo menos, que abriera los ojos y repetía a mis adentros >Abre los ojos, por favor, ábrelos.< Mis esperanzas se evaporaban vertiginosamente como alcohol mientras pasaban los minutos, las horas. Puse mis manos sobre él y lo acaricié, abrí su pico de nuevo y le di unas cuantas gotas más de agua. Lo dejé descansar y me quedé mirándolo. Volví a pedir por el milagro. Despacio, muy despacio lo acariciaba. Con emoción vi como, poco a poco, abrió los ojos hasta que vi su pupila. ¡Sus ojos estaban abiertos! Eran tan hermosos y brillantes pero tan tristes, tan heridos y resignados.
Su melancólica belleza contrajo mi corazón, que se paró, por más de un segundo. Sentí dolor. No dejé de mirarlo a los ojos para que supiera que no iba a irme, que estaría con él pase lo que pase. Quise darle aliento y sonreí para él todo el tiempo mientras lo acariciaba. Ahora, que lo vi más fuerte, intenté con las migas de pan y más agua. Comió y bebió con dificultad, pero lo hizo. Me dio las gracias con su mirada y me emocioné mucho. Descansó con menos dolor y cerró los ojos de nuevo. No me moví de su lado. Pasaron muchas horas, a ratos me angustiaba al pensar que no estaba dormido y enseguida confirmaba que aún estaba vivo.
En la tarde abrió los ojos de nuevo. El dolor se disipaba pero seguía ahí la profunda melancolía. Miré sus ojos, dentro de sus pupilas, dentro del destello del brillo, y fui entrando en un túnel largo y oscuro. Vi una luz que crecía al final y que de repente me condujo a un muelle. (más…)


