DelauraPaz


WAR
Abril 15, 2009, 1:59 am
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Los demonios susurran tu nombre desde el inframundo de mi vientre. Milord, necesito tu sangre. Me dan asco los mortales. Sálvame. No he querido alimentarme hace dos lunas, no sé cómo he sobrevivido. Los inocentes vienen a rondarme, no los tolero, los he echado a todos, me marean sus perfumes. Milord, me hiperventilo por las noches. No tardes. Esta mañana no pude pararme, he perdido mis capacidades diurnas, sólo puedo despertarme con el influjo de la luna. Mis capacidades nocturnas también han mermado, salgo muy poco y mi olfato me tortura, te percibo en todos lados. Me quedo en blanco temblando, pierdo la conciencia a ratos y lamo las paredes hasta destrozarme la lengua para saborear la parte de mi sangre que te pertenece. Calma mi ansiedad. Milord, escúchame, necesito tu tortura. Un animal descarnado se contorsiona en mi interior, esta a punto de abandonar mi cuerpo como a una crisálida, lo siento rompiendo mis paredes, te necesito, voy a mutar, el súcubo virgen necesita teñir sus alas de tu sangre para sobrevolar su altar. Sacrifícame, transforma mi sangre en agua y dame paz.


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AMANECER
Agosto 28, 2008, 11:44 am
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Risas, miradas profundas y besos criminales. La sangre a borbotones nubla la conciencia, el tiempo y el espacio. Estamos en la calle, tres de la madrugada y este rincón parece un triángulo invisible, no puedo más, no puede más, estamos por devorarnos como dos fieras hambrientas que salieron a matar. Una ráfaga de conciencia nos lleva a tomar un taxi rumbo a la habitación más próxima de los alrededores. En una burbuja de espera formal efervece el deseo que se avecina y escucho discretamente las recomendaciones de seguridad personal que el precavido recepcionista le hace a mi próximo amante. Dentro del ascensor, frente al espejo, bajo la luz fluorescente, nos damos un beso aperitivo intenso, al abrirse el ascensor, descubrimos un laberinto de pasillos de sórdido aspecto y la curiosidad del escenario se apodera de la pasión por un segundo. Subimos una escalera de caracol que conduce entre las sombras a otro piso y finalmente llegamos a una puerta de madera sin acabado alguno. Dentro de la habitación, casi del tamaño de un closet, una ventana ilumina una sencilla y desdeñosa cama. La tregua acaba. Al cruzar el umbral las paredes se mimetizan con la selva y la ley del más fuerte se impone como un reto salvaje. Dos predadores cara a cara, desafiantes y jadeantes. La lucha cuerpo a cuerpo es descarnada, sólo uno de los dos saldrá vivo. Uñas y dientes se apoderan de la presa. La tibieza de su sangre, ese sabor a sal y olor fuerte de testosterona animal suben los niveles de mi instinto criminal. Una idea fija en mi mente se instala como un comando dictatorial, devorar, devorar… y escucho, como música en mis oídos, súplicas de más. Yo también quiero más. La lucha se torna casi violenta y por momentos siento miedo. Su fuerza me subyuga y el nivel de placer ensordece mis sentidos. Me provoca comer de sus entrañas. Mis pupilas dilatadas doblegan la fuerza de mi presa que me muestra su cuello sutilmente rendido y susurro en su oído -te voy a matar-. El desafío agudiza los instintos más feroces de mi oponente, que destroza mis costillas con sus manos. El crujir de mi hemorragia interna desata más violencia. Las paredes atizan mi espalda y mi costado. Dentro, lo siento desgarrándome con cada estocada. Han pasado horas y la batalla empieza a agotarme, de las gotas de su sudor bebo para recuperarme y en el agotamiento encuentro reservas de fuerza que inesperadamente voltean a mi presa sobre su espalda, vulnerable, atrapado entre mis piernas, lo tengo, nuevamente, bajo mi control. El sabor del triunfo se apodera de mí y un egoísta deseo me ciega, el hambre es ahora una angustia despiadada que viaja a la velocidad de la luz y un grito que rompe las barreras del sonido me inunda de satisfacción. La calma silente me despelleja en pétalos de seda y me deposita lentamente sobre la gravedad del suelo. Abro los ojos, me asusta mi monstruosidad, y mientras saboreo su sangre me consuelo con la idea de que no soy más que un condenado predador. Me levanto, me ducho, saco mis cuchillas y me despojo de mi larga cabellera. Olvidé el camino de salida, pero sin saber cómo, estoy abajo. Paso frente al precavido y dormido recepcionista y me pierdo en el silencio del despoblado amanecer citadino. Por la tarde, el precavido recepcionista del hotel Las Lomas de la calle Colón aparece en televisión, en un escaso reportaje de crónica roja, contando la historia del reciente asesinato de un hombre joven, sucedido al amanecer, en una de las habitaciones del hotel.


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